martes, 15 de abril de 2008

Vive el juego



Martes 15 de Abril de 2008, 00:25h

Guardo partida, me levanto del ordenador y ando de puntillas, con los pies descalzos, hacia la puerta; coloco la mano sobre el pomo y empujo hacia abajo, con fuerza firme pero controlada, hasta que la puerta se viene ligeramente hacia mí: ya puedo abrir. Echo a andar por el pasillo, pensando en la suerte de llevar unos calcetines tan gruesos, conseguiré hacer menos ruido y no sentiré el, siempre frío, suelo. Intento no hacer contacto, volar; quiero poder levitar a tan sólo 1 centímetro de altura; siento que de no ser así alguien podrá oirme, alguien podrá asustarse, alguien podría mandarme a la cama… de hecho, podrían hasta preguntarme qué estoy haciendo, y no me quedaría otra que matarlo… ¡Qué fácil decirlo! Matar sin hacer ruido, difícil tarea. Me pregunto cómo lograría hacerlo en caso de que alguien saliera a mi encuentro; al fin y al cabo, hay que estar preparado para afrontar las situaciones. También me pregunto con quién podría toparme; lo normal sería con el abuelo, que tan cerca de mi cuarto duerme… ¡Cuantísimas veces me habré quejado de sus ronquidos! Y nada, el abuelo allí, pared con pared. Menos agradable sería aún encontrarme con mis padres, teniendo en cuenta el enorme respeto que por ellos siento; aunque, claro, habría que hacerlo y no existe situación imposible, tendría que ser fuerte y no pestañear. Lo peor de todo, pienso, sería ver a mi hermana, que me pregunta inocentemente y que yo, por toda respuesta, despierto a toda la casa con la sangría. Sería realmente espantoso.

¿Qué es eso?, parece que… sí, ¡joder!, son unos ojos… son ojitos, maldita sea, qué mala pata. Me acerco a paso de tortuga, entornando los míos y clavándolos en esos otros, impertérritos, lejos de la inteligencia, lejos de controlar la situación, lejos de adivinar que una de las personas que lo alimentaba iba a reventarle el hígado con esa patada… el gatito quedó tendido, cerca de la pared, debajo del espejo, sin mover ni un pelo del bigote. –“Esas almohadillas de sus pies me vendrían bien esta noche”, pienso.

Por fin alcanzo la puerta, muerto te miedo, ¡qué digo!, aterrado; no sé que hago, ni para qué. ¿Es una prueba?, en cualquier caso es lo que quiero y lo haré, o al menos lo haré, sin saber si quiero. Dichosa atracción ignorante e inconsciente. Mientras me planteo tantas dudas, ya he llamado a la vecina y le he pedido ayuda, desesperado. No estoy bien, le cuento mi problema: que todo empezó en una amenaza por internet, que le diga a su hijo que no vuelva a acercarse a mi hermana, que deje de poner la tele tan fuerte por las noches y que se cambie ese maldito corte de pelo, porque lo odio. Ella, sin entender nada, no deja de gritarme, que me marche, que no sabe de qué le hablo, que ni yo sé qué digo, que llamará a la policía y que me busque un buen psicólogo... acabo de darle tal revés que la mujer ha quedado tirada en el suelo, llorando e histérica. ¿Qué edad tendrá? Es increíble que jamás haya reparado en ello, porque creo que debe rozar los 50, pero tiene un aire juvenil que logra hacerla atractiva; quizá pasara por unos 30, pero arreglada y con algo de maquillaje. Ahora está despeinada, con un ridículo blusón desteñido y loca de remate. No deja de patalear y gritar, aunque no puedo quejarme. He acertado tan bien la patada, que he debido de partirle la mandíbula; ahora llora, pero apenas se le oye gritar. Como loco, algo parecido a un toro me mira desde el final del pasillo y viene hacia mí, desorientado y tan repugnante como de costumbre. –“¡Deja en paz a mi hermana!”, le digo y le repito, mientras el pobre chico apenas puede taparse las múltiples hemorragias que le he provocado. Por suerte llevaba un bolígrafo en el pijama, y un par de estocadas han bastado para calmarlo. Echo a correr y salgo a la calle. Hace frío y no hay nadie, no sé qué hago aquí, no sé si me aburro, no sé qué más puedo hacer; me siento en el punto más bajo del ser humano, me siento como el animal que, distante de ser racional, evita cualquier causa innecesaria que perjudique su moral… pero qué tétrica sensación, qué flamante poderío, qué tranquilidad más innecesaria haberle podido devolver el bofetón. Ahora no sé si también me preocupa lo que pasará, o si justamente es eso únicamente lo que me importa. Cargo partida.

Martes 15 de Abril de 2008, 00:25h

Me levanto del ordenador y ando de puntillas, con los pies descalzos, hacia la puerta; coloco la mano sobre el pomo y empujo hacia abajo, con fuerza firme pero controlada, hasta que noto que es posible unir la puerta con el marco sin armar mucho ruido. Me doy la vuelta, apago el flexo, me quito los gruesos calcetines y me tumbo en la cama.

No sabía que había dejado a Félix en el cuarto y, ya con los ojos cerrados, siento el cuidadoso caminar del animal que, casi como si levitara, avanza sobre mis piernas hasta tumbarse a mi lado. Ahora todo está en completo silencio, es un buen momento para no pensar… o hacerlo sobre todo a la vez, hasta quedarme dormido. Sin darme opción, concilio el sueño escuchando escabrosos asesinatos resueltos y sin resolver, que la pesada de mi vecina suele sintonizar a estas horas.

Y tú, ¿qué harías?